lunes, 12 de abril de 2010

Ante la ley


Un pequeño giro daré en esta ocasión, a propósito de los temas -rigurosamente- jurídicos y pondré un poco de "prosa" jurídica del maestro Kafka, ojalá sea de su agrado.

Ante la Ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que se le permita entrar en la Ley. Pero el guardián reflexiona, y pregunta si más tarde le dejarán entrar.
-Es posible -dice el portero-, pero no ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar.
El guardián lo ve, se rie y le dice:
-Si tanto lo deseas, prueba a entrar a pesar de mi prohibición.

Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo soportar su aspecto.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa él, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba larga de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un banquito, y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar, y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián mantiene con él breves conversaciones, le hace preguntas sobre su país, y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y para terminar, siempre le repite que todavía no puede dejarle entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, los sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros, y le parece que éste es el único obstáculo que le separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años temerariamente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que le ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo le engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguiblemente de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta a hora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que la rigidez de la muerte endurece su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿Cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está a punto de morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo, porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.[1]

[1] Kafka, Franz: El Castillo.

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